Un único libro

Imagen de Filip Hodas

Hace unos meses unos amigos organizaron una especie de club de lectura de narrativa que se podría considerar ciencia ficción. He tenido la suerte de ser invitada en las dos sesiones que se han celebrado y he leído un par de libros que de no ser por esto probablemente seguirían en el montón de futuribles. Es cuanto menos curioso que los dos libros que se han elegido estén ambientados en distopías (más que ambientados se podría decir que la distopía es un personaje más); creo que esta palabra se resemantizado tras la pandemia, aunque siempre he tenido bastante claro que las distopías, si bien con características generales frecuentes, son algo bastante personal: cada uno puede imaginar una propia. En fin, sigo. Curiosa la elección por estar ya insertos en un raro presente que muchos de nosotros habría clasificado como distopía. Sea como sea he llegado a dos libros.

Soy de ese tipo de personas que se destripa los finales. Lo primero, no me gusta no saber así que soporto la idea de esperar no sé cuántas páginas o no sé cuántos episodios para saber cuál es el final de la historia. Lo segundo, mi trabajo de crítica (tanto a nivel editorial como académico) hace que tenga que prestar tanta atención al “cómo” y a las diferentes técnicas narrativas que leo las últimas páginas para evitar el suspense y poder centrarme en lo “importante”. Por ello, considero que avanzar aquí algunas de las claves de los libros que he leído para el tema que me interesa tratar en este post no los desmerecen (prometo no hablar de los desenlaces).

El primero que leímos es Los desposeídos de Úrsula K. Le Guin. Una maravilla de libro que trata sobre el “exilio” de una parte de la población de un planeta llamado Urras. Este colectivo se muda a Anarres, una luna o planeta gemelo (pero mucho menos fértil) del primero, para instalar una sociedad anarquista. Lo más interesante es la vista de los dos lados, ninguno ideal, y las diferentes ventajas y desventajas que se presentan.

El segundo, más clásico, fue Farenheit 451 de Ray Bradbury, bastante anterior y nacido de un cuento. En esta historia nos encontramos en un mundo en el que no hay libros, o sea que han sido prohibidos y su tenencia está penada. Y algo que nos resulta familiar a los que vivimos en Granada es la forma de deshacerse de ellos: el fuego (me refiero a la tan famosa quema de libros del Cardenal Cisneros).

La idea de hablar de las distopías me la dio una estudiante en la última clase que tuve con ella. Con ella, también lectora de libros de este tipo, tuve una conversación en la que me habló sobre su favorita y en la que imaginó la suya propia. Además, tirando de los libros que yo recién he leído hablamos sobre cómo sería la relación entre los terrestres y un grupo de “exiliados” que decidieran mudarse a nuestra Luna. Por último, las dos elegimos (esto es algo que hemos hecho todos desde el club de lectura de Farenheit 451) qué libro salvaríamos si solo pudiéramos elegir uno. Así que este texto que escribo hoy es para invitar a todos los que me lean a pensar, igual que esta estudiante, sobre la posibilidad de mudarse a la Luna y a elegir un único libro con el que pasar el resto de nuestra vida.

Yo elegí un libro y tengo la certeza de que a cada minuto lo cambiaría por otro y lo mismo con el siguiente. Tampoco he sido capaz de elegir mi propia distopía (soy un poco gallega a la hora de tomar decisiones: hoy no he podido elegir entre ciruelas amarilla y rojas (qué le vamos a hacer)).

¿Nos ayudáis a crear una biblioteca ficticia en la que cada uno de nosotros es un único libro? ¿Nos contáis vuestra propia distopía?

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