Vagabundo porque quiero

Estaba gordito, pero no comía todos los días. Casi siempre tenía que robar algo, pero no se sentía mal por ello: pensaba que si tenía hambre, estaba justificado. No hacía mal a nadie realmente, aunque los tenderos no se ponían muy contentos cuando lo veían aparecer por el mercado. Tenía una técnica muy sutil: se acercaba al puesto de pescado, merodeaba cerca del género y ponía cara de aprobación mirando al pescadero, y en cuanto este se descuidaba un poco… ¡zas!, cogía una sardina –su favorita– y salía corriendo sin mirar atrás pero escuchaba de fondo el barullo que se formaba entre los gritos de enfado y las risas de los clientes. Pero no todo eran sinsabores, a veces alguien compraba un trozo de carne o un poco de pan recién hecho y se lo daba. No le gustaba mucho la fruta ni la verdura.

A veces, después de una mañana de trabajo duro en la búsqueda de algo que llevarse a la boca, se iba al parque y se sentaba en un banco apartado a observar con atención a los niños que jugaban y se divertían en los columpios. Disfrutaba del sol muchísimo, tanto que, muchas veces, se pasaba las horas muertas tumbado bocarriba, mirando el cielo y adivinando formas en las nubes. A fin de cuentas, no tenía nada mejor que hacer… Era un vagabundo, dirigía su propia vida, hacía lo que quería en todo momento, dormía, paseaba, exploraba rincones ocultos de la ciudad y, cuando se aburría demasiado, se paraba a escuchar conversaciones ajenas y de vez en cuando intervenía interiormente convenciéndose a sí mismo con sus propios argumentos –tampoco quería molestar a nadie dando su opinión sin que se la hubiesen pedido–. Luego cerraba los ojos, pero abría las orejas, porque tenía que estar atento: si vives en la calle sabes que no puedes descuidarte ni un momento, no sabes de dónde te puede venir un peligro o un desalmado. Y se deleitaba con el sol en la cara.

Cada vez que caminaba, el suelo temblaba un poco. Se levantaba un poco de polvo y algunas partículas se adherían a su cabellera rubia. También deshechos de hojas viejas del otoño, muy secas y diminutas, se le enganchaban como si quisieran seguir el viaje con él. La verdad es que no era difícil que estuviera casi cubierto de pequeñas cosas porque el largo pelo cubría todo su cuerpo.

Un frío día de invierno pensó «Tal vez es momento de encontrar un sitio caliente», así que buscó su casa, de la que había salido tres semanas antes, golpeó suavemente la puerta y después de algunos segundos una chica con cara de alivio profundo abrió. Él dijo «miau» y entró sin pedir permiso.

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1 respuesta

  1. wilbernotes dice:

    Los gatos son así. Fantásticos!

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