Quién es quién 2020: nuevos (des)conocidos

Todo iba bien hasta que llegué a la sección de congelados. Ahora que el supermercado de cuyo nombre no quiero acordarme había dejado de emitir ese «tranquilizador» mensaje que decía algo así como: “Esta situación pasará, racionalicemos el miedo», yo me sentía más relajada, admito que incluso había empezado a tararear con gusto su tediosa melodía cada vez que la ponían… pero no nos desviemos, prosigo con mi historia.

Justo cuando me disponía a coger una bolsa de habas baby una chica se me acercó y me saludó tímidamente; en cuanto la vi me alegré mucho. ¡Era Diana!, una antigua alumna iraquí a la que llevaba bastante tiempo sin ver.

Mi primera reacción fue saludarla efusivamente y someterla al tercer grado ya que hacía una pandemia que no nos veíamos: «¡Pero qué sorpresa! ¿Cómo estás?, ¿y tu familia? Pensaba que habías vuelto a tu país debido a la situación. ¿Sigues estudiando en la universidad? Imagino que ahora es todo online, ¿verdad?”.

La pobre Diana me miraba atónita al escuchar tantas preguntas, hasta que por fin la dejé hablar: “Mi familia es bien, yo no estudiar en la universidad, estudio un piquito español”.

He de reconocer que su respuesta me dejó algo desconcertada, tanto confinamiento y tan poca vida social habían hecho mella en su aprendizaje. Era evidente que su español lejos de mejorar se había resentido notablemente.

No era la primera vez que me encontraba a Diana en el supermercado, creo recordar que en alguna ocasión me comentó que vivía por mi zona. Sin embargo, sí era la primera vez que nos parábamos a charlar ya que normalmente bastaba con un cortés «hola». Ella es una chica bastante tímida y por eso, el hecho de que esta vez hubiera tomado la iniciativa de acercarse a hablar conmigo motu proprio me había hecho ilusión.

Tras terminar mi retahíla de preguntas y escuchar su escueta respuesta se hizo un silencio un poco incómodo, no os voy a engañar. Nos miramos durante unos segundos y ahí comenzaron a asaltarme las incógnitas. La cuarentena había sido dura; una vida sedentaria y probablemente muchos paseos a la cocina le habían pasado factura a mi querida estudiante. Se podía apreciar que había ganado peso, pero ¿Quién era yo para juzgarla? Desde luego que tenía por lo que callar.

En resumen, lo del peso estaba más que justificado eso es así. Ahora bien, había pasado por alto un pequeño detalle. Hasta donde yo sabía Diana nunca había llevado hiyab, al menos yo no la había visto con él, pero la nueva Diana sí, uno muy bien puesto, todo hay que decirlo. A esas alturas de la película nadaba yo en un mar de dudas acerca de la identidad de aquella misteriosa joven. Entonces lo supe todo: “Perdona, ¿Sabes dónde está el perejil?”, musitó la chica.

Me puse como un tomate. Afortunadamente mi FFP2 (suena como el robot de La Guerra de las Galaxias) me ayudó a pasar el mal trago. Pude ocultar mi cara de vergüenza por mi ridícula confusión. Ya solo quedaba salir del paso lo más dignamente posible. Tenía dos opciones: Disculparme con mi “no estudiante” y explicarle que me había equivocado de persona, o seguir para adelante con todo y continuar tratándola como la Diana que podría haber sido.

Soy bastante peliculera así que opté por lo segundo. Con aparente normalidad la guie hasta su ansiado objetivo: el perejil. Acto seguido me despedí de ella deseándole lo mejor y esperando verla pronto.

Ya debería estar acostumbrada a este tipo de situaciones, por todos es sabido que mi vista no se caracteriza por ser de lince y lo de confundir unas caras con otras me lleva ocurriendo toda la vida. Aun así, el mal rato lo pasé, no voy a ir de dura. En mi defensa diré que reconocer a la gente con la cara semicubierta no es tarea fácil, ya he visto a más de uno por la calle saludando a la lejanía cuando han confundido a alguien e intentan disimular.

Chica del supermercado, si algún día lees estas líneas me ofrezco a darte clases de español cuando gustes. Aunque, por otra parte, si consigues comprender este texto no creo que te hagan mucha falta. Buena señal.

Diana, te tengo muy presente, espero que la vida te sonría siempre y si quieres verme ya sabes dónde encontrarme, te espero en los congelados.

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1 respuesta

  1. Wilbernotes dice:

    jajaja, yo, no podría no haberla sacado de la confusión.
    ¿quizá hagan falta unas gafas?
    Saludos cordiales

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