Efecto de distanciamiento

Pintura de Phan An Hai

Esta semana está siendo cuanto menos intensa en España por el recordatorio constante de que hace justo un año que recibimos la noticia del primer contagiado de COVID en España. Para mí, esta semana se ha convertido en una especie de Nochevieja constante (sin la fiesta obviamente) en la que he hecho balance del último año y he proyectado (sólo un poco) en el siguiente.

Se me han venido a la cabeza momentos terribles y otros maravillosos; pero voy a hablar aquí de uno de los momentos grises. La tecnología ha tenido sin lugar a dudas un papel central en esta obra de teatro que a lo Bretch ha producido un claro efecto de distanciamiento (literal y metafórico). Creo que nunca he estado tan conectada como en el último año. Móvil para ver las noticias, para usar apps para entrenar, para mantenerme en contacto con mi familia y verle la cara a mis amigos; y el portátil para trabajar.

Aunque ya había dado algunas clases online antes de la pandemia, no ha sido nada comparado al tiempo que me he pasado delante del ordenador en el último año para preparar materiales y dar clases. Creo que cualquier profesor de español para extranjeros ha tenido siempre el uso de la tecnología en clase (cuando eran presenciales (esto ya produce hasta algo de nostalgia)) como un recurso que puede ser tan bueno como malo. Todos hemos preparado clases con vídeos, fotografías, etc., y todos hemos pasado mucho tiempo preparándonos para que todo saliera bien. Ahora todas nuestras clases son así. El material que utilizábamos se ha quedado obsoleto: ni libros, ni impresiones, ni manchas de rotuladores en las manos (y a veces en la ropa), ni contacto humano. Desde luego la mayoría nos hemos reconvertido y estamos reaprendiendo cómo enseñar a través de una pantalla: pizarras electrónicas, programas para crear material, aulas virtuales, etc. Por suerte, y como la mayoría de las veces en esta profesión, somos por lo general solidarios y no paramos de conocer nuevas formas de enfrentarnos a esta nueva experiencia gracias a nuestros compañeros (y a nuestros estudiantes). Por supuesto que las clases online tienen algunas ventajas: es más fácil mover una clase si hay algún problema (no te vas a mover de tu casa), puedes aprender un idioma independientemente de tu huso horario y si estás confinado no vas a contagiar a tus compañeros o profesores a través de la webcam.

Yo tengo una tendencia general a ser bastante torpe así que podéis imaginar la cantidad de cosas raras que me han ido pasando en las clases online: problemas técnicos (no sé por qué no se enciende la cámara, no sé dónde está el minicuadro que contiene la cara de mi estudiante al cambiar de aplicación, se ha ido internet y dar la clase con el móvil no es muy divertido), problemas no tan técnicos (mi perro hace ruiditos, se me cuela un gato en el despacho, un vecino grita a viva voz lo que van a comer hoy) y otra serie de problemas que ya no sé ni en qué categoría meter. Muchas veces los problemas se pueden poner entre comillas y acaban convirtiéndose en un rato de risas con tu estudiante o en el tema de conversación de la clase. No hay mal que por bien no venga.

En fin, yo ya conozco las dificultades que yo he encontrado en esta nueva forma de enseñar y todas las cosas que he aprendido y vivido gracias a esto. Lo que me interesa es que esta entrada del blog sirva para compartir esos descubrimientos, esos “problemas” y esas anécdotas que ahora nos acompañan a todos en forma de recuerdo virtual.

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