Recibía paquetes

Érase una vez una anciana que recibía paquetes. Así, sin ninguna información más. Cada día 15 de cada mes recibía puntualmente un paquete con un objeto dentro y sin ningún remitente.

Una mañana se encontraba en su caminata diaria por el paseo marítimo. El mar estaba un poco embravecido ese día y por el ruido de las olas rompiendo en las rocas no conseguía escuchar a Khalil, el cartero de su barrio, que la llamaba desde lejos:

  • «¡¡Señora Sol!! ¡Tengo un paquete para usted!»
  • «¿Un paquete? Qué raro. No estoy esperando nada de nadie».

Lo cogió y quiso abrirlo, pero sus manos cansadas ya no tenían la fuerza para hacerlo, así que Khalil se ofreció a ayudarla. La caja contenía un grifo de lavabo cromado. Los dos se quedaron muy extrañados.

  • «¿Quién me habrá mandado esto?»
  • «¿No lo sabe? Mmm… Pues no hay remitente en el paquete. Qué raro. A lo mejor se han equivocado».

No le gustaba mucho, era demasiado moderno para su baño. Tampoco tenía las herramientas para instalarlo. Pero sí le vino a la mente la anécdota de su infancia, de cuando tenía 12 años y ayudaba a su padre y a su hermano a hacer pequeños trabajos en la casa de una familia de ex aristócratas polacos exiliados que se había instalado en España tras la Segunda Guerra Mundial. La historia produjo en Khalil tal curiosidad, que se quedó con ella escuchándola hablar durante más de una hora.

Dos semanas después, a su casa llegó un paquete un poco más pequeño. Esta vez era un sillín de bicicleta. Negro y rojo, ancho y relleno de gel. Parecía muy cómodo. Khalil, que se había quedado también esta vez movido por la curiosidad, le preguntó si tenía bicicleta o si pensaba comprar una. Lo único que le contó Sol fue la primera vez que vio pasar por su pueblo la Vuelta Ciclista a España. Corría el año 1961 y ella era una coqueta jovencita de 19 años que durante una noche logró conquistar a Jacques Anquetil, un prometedor ciclista francés que dos años más tarde ganaría la competición nacional. Aunque esa historia nunca se la había contado a nadie… Eran otros tiempos para las mujeres.

Así, se fueron sucediendo los paquetes que llegaban a su casa: un cubierto que era mitad tenedor y mitad cuchillo chapado en oro, un dado poliédrico de 100 lados, una bandera de la República de Nauru, el tercer país más pequeño del mundo; una funda de piel para un mechero Zippo con el grabado de un mapache, un frasco muy delicado de perfume de violetas y un lapislázuli, la piedra de extraordinario color azul intenso a la que los maya otorgaban un poder mágico.

Como los objetos eran de lo más absurdos y variopintos, la curiosidad de Khalil cada vez era mayor y siempre, con cada paquete que recibía la anciana, se quedaba un rato a escuchar sus historias. Historias que, casualmente, siempre tenían alguna relación con el objeto misterioso que recibía. Qué curioso, ¿no?

Un día, alguien llamó a la puerta de la anciana y cuando abrió, había un hombre con un paquete.

  • «Buenos días, ¿es usted Sol? Tengo un paquete para usted».
  • «Sí, soy yo. Pero ¿dónde está Khalil?»
  • «Khalil está de baja, señora. Se ha roto la mano, pero no se preocupe porque no es muy grave. En unas semanas volverá a entregarle todos sus paquetes. Dígame su nombre completo y su DNI. Sol, ¿correcto?»
  • «Bueno, mi nombre es Soledad. Sol, para los amigos. ¿Tienes tiempo para que te cuente una historia?»

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