Llámame que no tengo saldo

Hace ya días que vengo dándole vueltas a un asunto: ¿Os imagináis vivir esta misma situación que tenemos ahora, pero a finales de los años 90 o principios de los 2000? Una cuarentena sin Netflix, sin redes sociales, sin videollamadas… una cuarentena muy auténtica. Telefónica habría sido muy feliz, no cabe duda.

Me imagino con mi indestructible Nokia 3310 jugando a la serpiente hasta agotar la batería, o creando diseños al más puro estilo Picasso con el maravilloso Microsoft Paint. Seguro que habría pasado las horas muertas escribiendo historias con la máquina de escribir que tenía mi madre en aquel entonces, y mi hermana y yo, inmersas en nuestro papel de locutoras de radio, habríamos grabado con su radiocasete Casio de última generación, unos cuantos episodios de “Siempre amigas”, un programa de entretenimiento asegurado en el que para votar tu canción favorita solo tenías que marcar el 814242.

No me resulta del todo descabellado pensar que los videoclubs se considerarían servicios de primera necesidad si todo esto se hubiera remontado unos cuantos años atrás. Puedo visualizarnos en el videoclub de Manolo eligiendo nuestra película de turno, tal vez alquilaríamos un par de cintas, (nunca era fácil llegar a un consenso) y posteriormente, escondiendo una sonrisa satisfactoria bajo nuestras mascarillas, habríamos regresado a casa para dar comienzo a nuestra maratón de cine y palomitas caseras.

Ahora nos parece una locura no estar conectados y disponibles 24/7, pero si rondáis los 30 como es mi caso, también vosotros recordaréis esa época en la que disfrutábamos de una libertad real. Se me hace ya algo muy lejano, casi como un sueño, del cual guardo en mi memoria recuerdos imborrables.

Eran otros tiempos. ¿Mejores? no lo sé, quizá sí quizá no. Tiendo a idealizar el pasado como si hubiera sido idílico, aunque evidentemente no era así. En cualquier caso, me encantaría revivir siquiera por un instante todo aquello.

¿Os acordáis de los “toques”? hacer llamadas perdidas a nuestros amigos como forma de entretenimiento. El proceso era bastante sencillo: Tú dabas un toque con tu móvil (de prepago por supuesto) a algún contacto de tu agenda y el afortunado debía corresponderte con otro; eso significaba que también se acordaba de ti. Si el susodicho no tenía crédito en su teléfono siempre le quedaba la opción de mandar un “llámame que no tengo saldo”. Soy consciente de que puede resultar un tanto cómico, por decirlo suave, pero verdaderamente cuando veías en la pantalla de tu Alcatel One Touch Easy color turquesa el número de alguien especial, te alegraba el día.

Enviar mensajes de texto desde una cabina de teléfono era ya otro nivel de modernidad, solo necesitabas veinte céntimos y algo de paciencia, pues no era una tarea tan sencilla como puede parecer. El mensaje debía ser claro y conciso, nada de florituras: “Ns vmos a ls 20 n Burger King”. Nadie quería pagar el doble por un simple mensaje, no podemos olvidar que cada letra se cotizaba al alza; pero si dominabas bien la técnica, igual hasta te daba para un emoticono de los de toda la vida =) Para finalizar el proceso con éxito, había que introducir lógicamente el número de teléfono que, sobra decir, te sabías de memoria. Dos décadas después podría recitar de carrerilla los números, tanto el fijo como el móvil, de toda mi familia y de casi todos mis amigos. Hoy en día tengo que admitir que en alguna que otra ocasión he bloqueado mi propio móvil por no recordar los cuatro dígitos del código pin. Nuestros dispositivos son tan “smart” que no nos han dejado nada al resto.

La lista de tareas pendientes se pegaba en el frigorífico con imanes de Telepizza a ser posible. Bueno, a decir verdad, esto último lo sigo haciendo porque para mí, las cosas que de verdad importan se escriben en papel, a puño y letra.

No voy a negar que yo también he sucumbido a los “encantos” de la tecnología, dispuesta a esclavizarnos cada día un poco más. El pequeño lago en el que solía nadar se convirtió en océano, un océano inmenso y desconocido, a la par que hipnótico y fascinante.

Ya lo dijo el propio Einstein: “Temo el día que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas”. Como apunte yo añadiría “idiotas en pandemia”. ¿Se equivocaba el genio?, hagan sus apuestas.

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1 respuesta

  1. wilber dice:

    Hola.
    Un artículo muy simpático, la verdad. El tiempo, efectivamente, vuela :)), ¡cuántas cosas vividas y tantas veces olvidadas!, ahora ni tan siquiera hay ya cabinas telefónicas xddd. Es bueno recordar, muchas veces para intentar no olvidar en el futuro todo lo que ahora tenemos, a pesar del bicho :). Saludos cordiales. Muy instructiva vuestra web de idiomas.

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