Libros paralelos

Imagen de @portesdestrasbourg

Enfrentarse a la hoja en blanco da miedo. Lo hago desde la comodidad de mi casa, desde el refugio que supone. Salir a la calle da miedo. Subir al autobús da miedo. Que alguien pase cerca sin la mascarilla bien colocada da miedo. Y, sin embargo, sigo saliendo, sigo subiendo al autobús y sigo pasando cerca de la gente por la calle.

Hoy, enfrentándome a mi miedo a la hoja en blanco, os quiero contar una historia. Hace un par de meses, en uno de mis paseos para escapar del aburrimiento de estar en casa, pasé por una librería. Era una librería de segunda mano, de esas a donde la gente lleva los libros que no quiere y se lleva otros por unas cuantas monedas. Mi primer pensamiento fue «qué buena iniciativa, es barato, es ecológico, es local… Entremos».

La librería estaba desierta, no había más que una chica en el mostrador, que me recibió contenta. Probablemente no recibió a muchos clientes más ese día. Yo entré tímidamente y sin querer hacer mucho ruido. El suelo era de parqué y chirriaba un poco con cada paso mío. «Me detendré en esta estantería para echar un vistazo». Era la sección de literatura en otros idiomas. Miré los títulos uno a uno con la esperanza de reconocer alguna palabra en otra lengua y tomé uno al azar. Al principio, no despertó en mí una gran atención, era un libro más o menos pequeño, con la portada un poco desgastada por el paso del tiempo y poco a poco empecé a interesarme. Abrí las primeras páginas y el libro habló, no con palabras, sino con ese sonido que hacen los libros viejos, como quejándose porque llevan mucho tiempo cerrados, como lamentándose porque nadie les hace caso. También me habló con su olor, ese olor inconfundible del viajero que ha recorrido muchos kilómetros, del polvo del camino que entrecorta un poco la respiración. Pasé entonces algunas páginas y por casualidad en la página 89 vi escrito a mano un nombre y una dirección: Amelia Bauer – Türstraße 16, Wien.

Sentí tanta curiosidad por saber más de esa persona que en cuento llegué a casa comencé a investigar. El libro era viejo, de 60 años de antigüedad, así que me fue difícil encontrar información sobre su propietaria en internet. Amelia Bauer debería de ser ahora una viejita si seguía con vida. Recurrí entonces a los métodos más tradicionales, más románticos. Cogí papel y boli y empecé a escribir una carta en mi inglés macarrónico, y expliqué cómo había llegado el libro hasta mí, que tenía una inmensa curiosidad por saber quién era ella y si le gustaría recuperar su libro. No tenía mucha esperanza en recibir la carta, aun así la envié con mucha ilusión, como el niño que escribe su carta a los Reyes Magos de Oriente y sabe que su misiva va a ser leída.

Al cabo de tres semanas recibí una respuesta. Con una caligrafía antigua y cuidada vi que el remitente era Katharina Bauer. En la carta me contaba que era la sobrina de Amelia y que esta había muerto hacía un par de años. Amelia era la hija de un humilde comerciante de telas en la ciudad de Viena. Se había criado entre ricos y coloridos tejidos que soñaba con poder lucir en elegantes vestidos que ella misma había aprendido a diseñar, patronar y confeccionar para las clientas de su padre. Sin embargo, la vida le tenía preparado otro destino: Amelia empezó a trabajar en una pequeña biblioteca de barrio cuando cumplió los 17 años. Su trabajo era fácil: colocar los libros en las estanterías, atender a los usuarios y ayudar a resolver sus dudas y, sobre todo, mantener el orden de los ejemplares y las secciones. Cada tarde, cuando cerraba la biblioteca y se quedaba sola, aprovechaba para dar una ojeada a algún libro, y así devoraba decenas de ejemplares de muy diversos temas. Sus favoritos eran los de historia, aunque también disfrutaba las novelas románticas o los libros de caballerías medievales. Katharina también me contó en su carta que, a escondidas, siempre escribía en alguna hoja aleatoria de esos libros su nombre y su dirección, como quien deja pistas para que lo encuentren, como un juego, pero que nunca nadie se había decidido a buscarla, que nunca nadie se había fijado en ese detalle o, al menos, que nunca nadie había vuelto a coger ese libro en esa página. En ese momento sentí una profunda pena. Yo había buscado a Amelia Bauer, pero había llegado tarde…

En ese momento abrí los ojos, y me di cuenta de que estaba en la librería, con un libro más o menos pequeño y con la portada un poco desgastada por el paso del tiempo y en el que había escrito a mano un nombre y una dirección: Amelia Bauer – Türstraße 16, Wien.

Albert Einstein dijo que «en los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento», usemos nuestra imaginación para ver mundos paralelos, mundos que están por venir o, simplemente, mundos que nos son mucho más placenteros.

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1 respuesta

  1. Liliana dice:

    ¡Creativo! Yo siempre firmo mis libros ¡¡¡en la página 89!!! No escribo mi dirección, es apenas mi garabato personal.

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