Hola, mintió él

Imagen de Molg H

En este inhóspito año, ya casi prefiero que me pregunten cuánto dinero gano en lugar de cómo estoy. En cierta forma, incluso ambas son equivalentes, y puede que la primera sea incluso más sincera. No quiero que me pregunten cómo estoy. No quiero decir que me sienta mal, pero esa pregunta me coloca en un laberinto de espejos que reflejan miles de imágenes diarias, y como no sé elegir cuál de esas ideas me representa hoy mejor, ofrezco un clásico “bien”. Así, hago honor a una estudiante que tuve la suerte de conocer, la cual parecía lamentar que los humanos no tuviéramos normas de actuación como fichas de ajedrez. En su modus operandi social idóneo, ante la pregunta “¿cómo estás?” solo cabía una respuesta: “Bien”. Decir la verdad era descortés.

Yo no soy diestro en protocolos por eso se me da mal dispensar un “bien” tan fácilmente. Lo curioso es que me parece interesante que según gano años, cada vez me pregunto “cómo estoy”, con más frecuencia que “cómo soy”. Me lo pregunté durante años así que supongo que ya tengo una idea de mi persona, tras unos años buscando mi personalidad, mis gustos, mis manías, mi marca favorita de café.

Ahora que ya tengo claro quién es Pepe (quizás un poco tarde) tengo que saber qué tal está Pepe porque últimamente lo noto raro. Y como sentimentalmente soy idiota, para ello aplico una de las teorías más interesantes que leí sobre SER y ESTAR. Explico: ¿Por qué decimos que una manzana es buena? Porque en el momento de calificar algo de bueno y malo, lo que hacemos es comparar eso con multitud de otras cosas apilables en estantes infinitos. Es decir, la manzana es buena porque es más buena que una hamburguesa o que un idiota. Así pues, el uso del SER es para calificar algo y la única forma de calificar algo en este mundo relativo, es comparándolo de un modo horizontal: los estantes (es mi imagen mental). ESTAR por el contrario, es vertical. Comparo esa manzana con ella misma, es decir, con diferentes estadios de esa manzana. Así pues esta manzana está madura ahora, ayer estaba verde y mañana estará podrida. Como si la viéramos en una máquina expendedora antigua. Interesante, ¿verdad?

De esta forma, durante los años me he comparado con todo el mundo para saber quién era yo (“vale, no soy tan retrógrado como ese pero no soy tan generoso como aquel”) así que ahora, me comparo a mí mismo con mis diferentes estados. Mi yo cansado, el dormido, el saciado, el hoy he conseguido hacer el arroz al punto, o el hoy no tengo un buen día y no sé exactamente por qué, etc. Es decir, el laberinto de espejos. Y como no sé cómo debería estar, porque no tenía un plan para vivir una pandemia con 30 años y la vida a medio hacer, en lugar de que me pregunten cómo estoy, yo propondría, simplemente, dar un saludo y un abrazo. Pero claro.

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