De Macondos y soles en la cabeza

Pintura de Mario Gómez

Si tuviera que elegir entre mar y montaña, elegiría mar y si tuviera que elegir entre ciencia y fe, elegiría ciencia. Sin embargo crecí entre dos valles y rodeada de magia.

En los dos últimos años leí cientos de entrevistas de Gabriel García Márquez como parte de un estudio que estaba llevando a cabo. Lo que más me sorprendió al leerlas fue que tuve la misma sensación que la primera (y la segunda y la tercera) vez que leí Cien años de soledad: todo me era familiar. No fui consciente del encanto de mis historias de la infancia hasta que no se las conté a alguien de la gran ciudad, así que hoy, a dos días de Halloween y confinada en una habitación infinita, me atrevo por primera vez a escribir un pequeño relato con esos recuerdos de mi propio Macondo.

Las casas de los viejos siempre tuvieron un olor particular. También la de mi abuela paterna. Su casa olía a rancio y a humedad. En una pequeña habitación había un arcón en el que se entremezclaban el olor de las faldas que mi abuela había cosido para las nietas y el olor del pan con el que las guardaba. Mi abuela era conocida en el pueblo por tres cosas: su eficiente trabajo, su nombre y ser la única capaz de quitar cualquier tipo de verruga. No eran pocas las veces que la paraban por la calle o iban a su casa para informar de una verruga que querían eliminar. El proceso, que tristemente nunca acabé de aprender, consistía en pedir una serie de datos a los portadores de la verruga y escribirlos en un papel. Después, mi abuela, en su cocina, llevaba a cabo una especie de ritual que terminaba con un paseo por el campo y el enterramiento de ese papel. Sólo hacían falta días para que las verrugas desaparecieran. Mi contacto con rituales medicinales alejados de la ciencia no termina ahí. La casa de la curandera de la familia era oscura y olía igual que la casa de mi abuela. Ella, Remedios (lo del nombre ya es cuanto menos gracioso), se encargó de rezarnos a mi hermana y a mí numerosas veces para curarnos las culebrinas (una especie de herpes que tenían forma de serpiente y que nos aparecían en las manos) y también fue la responsable de quitarme el mal de ojo.

La casa de mi abuela materna, en la que pasaba casi todos los fines de semana, ha estado siempre llena de representaciones religiosas. Mi bisabuela había nacido en una cueva en el barrio gitano del pueblo en el que yo también nací (todavía puedo reconocer la cueva desde un alto en el camino que lleva al cementerio); así que lo natural era que mi abuela, mis tíos y los nietos viviéramos también en una casa cueva. Así en la oscuridad de las habitaciones sin ventanas, separadas por cortinas a modo de puertas, se encontraban las camas en las que dormíamos repartidos. En la habitación que compartía con mi madre y con mi hermana había un altar cuyo centro estaba ocupado por la figura de una virgen muy grande. Una virgen que lleva en mi familia desde que alguno de los miembros la encontrara entre los escombros de una Iglesia durante la Guerra Civil. Rodeada de velas y de fotos de los antepasados más importantes, iluminaba cada noche las fotos del resto de miembros fallecidos de la familia: justo encima de los cabeceros de nuestra cama se amontonaban (ordenadas) sus fotos. No recuerdo sus nombres ni sus historias. La magia también tocó a parte de mi familia. Una mañana de verano en que pasé demasiado tiempo jugando en la calle, mi abuela me puso una olla en la cabeza para sacarme el sol porque podía morirme. Además, no son pocas las conversaciones fascinantes que he escuchado de las mujeres de mi familia. Al menos dos de ellas afirman ser brujas. Las dos han visto espíritus, se han comunicado con ellos y son capaces de ver partes de tu futuro.

En cuanto a Halloween, no supe de la existencia de esta fiesta hasta que empecé a ir al instituto. En mi pueblo ya teníamos el Entierro de la Sardina, una fiesta que une lo pagano y lo cristiano y que tiene lugar días antes del comienzo de la Cuaresma. Esa noche las calles del pueblo se llenan de mujeres y niñas (yo entre ellas) vestidas de negro, que llevan velas en las manos y que fingen llorar la muerte de una sardina.

En fin, el objetivo de contar aquí alguna de las historias de mi infancia es que compartáis con nosotros las vuestras para que no olvidemos la magia que a veces rodea la vida de nuestros pueblos. Yo tardé mucho tiempo en darme cuenta de que mi abuela mentía cuando me decía que con el agua de lluvia me crecía el pelo, y si bien no me creció en absoluto por estos motivos no son pocos los recuerdos que tengo bailando, jugando o cantando bajo la lluvia.

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