Análisis de errores: la traducción directa

Diferentes palabras para nieve
Imagen del ilustrador hondureño Luis Barahona

Como se puede leer en el primer post del blog, una de nuestras intenciones es crear un blog diverso donde las personas que nos visiten (todavía me parece raro usar este verbo para una “visita virtual”) encuentren diferentes secciones y temas pero todas relacionadas con el idioma español.

En esta sección vamos a hablar sobre algunos de los problemas que surgen a la hora del aprendizaje de nuestra lengua. Desde el punto de vista del docente pero también para intentar que los estudiantes adopten o cambien dinámicas a la hora de estudiar.

Hoy nos toca hablar de traducción. Es decir, el proceso que realizamos cuando intentamos trasladar un término o expresión desde una lengua a otra. Echando mano de los tópicos, la vida no todo es o blanco o negro. Existe una maravillosa escala de grises que nos permite siempre valorar e interpretar todos los aspectos desde muchos puntos de vista diferentes. Con esto intentamos decir que no vamos a posicionarnos en ninguno de los extremos (traducción en clase sí o traducción en clase no) que se nos van a presentar.

La traducción es un proceso mucho más complejo del que en principio podríamos pensar. Traducir un término o una expresión implica muchas más consideraciones que trasladar el significado de un idioma a otro. Entran en juego muchos más aspectos a tener en cuenta: la cultura, la época, la localización geográfica…, siempre podemos recordar la cantidad de sustantivos y adjetivos que tienen los esquimales para describir la nieve y sus tipos.

Yo, personalmente, no fui consciente de esto hasta que, por casualidad, asistí a una charla organizada en una pequeña librería. Se trataba de un estudio acerca de un famoso escritor argentino, Jorge Luis Borges, y su faceta de traductor. Excelente escritor de cuentos, ensayos y poemas, este autor también “se obsesionó” con el asunto de la traducción. Él mismo se dedicó a ello durante su vida, pero también estudió el aspecto técnico de la misma, llegando a concluir, entre otras cosas, la imposibilidad de traducir poesía, por ejemplo (ya que el ritmo, el sentido, el significado, se perdía por completo).

Hubo dos anécdotas que me llamaron especialmente la atención. La primera, hablaba sobre escritores rusos que nunca fueron prácticamente conocidos en su país. Sin embargo, a 6.000 kilómetros de distancia, eran considerados grandes escritores. Esto se debía a la gran habilidad de los escritores-traductores franceses que hicieron un gran trabajo con las obras de los autores rusos. La segunda me pareció mucho más sorprendente y envuelve a una (por no decir la más) de las más célebres obras de la literatura española: El Quijote de Cervantes. La (considerada) mejor traducción al chino de esta obra fue realizada por una persona que no hablaba español, ni inglés, ni ningún otro idioma que no fuera su propio idioma. Necesitó, eso sí, de un poco de ayuda extra. Un amigo suyo (que sí hablaba español y había leído El Quijote) le contó capítulo por capítulo la obra de Cervantes. El escritor supo plasmar en el papel de manera exitosa lo que su amigo le contaba con todo lujo de detalles.

Pero vayamos al asunto que nos interesa. ¿Es o no es conveniente el uso de la traducción directa en la adquisición de una lengua, y de forma más específica en la enseñanza del español como segunda lengua? Como todo, tiene sus ventajas y sus desventajas.

Empecemos por lo positivo. Como una de mis estudiantes (también profesora, pero de inglés) me dijo un día, simplemente era más rápido. Y, quizás sí, la principal ventaja de la traducción directa de una expresión o concepto en el contexto de una clase es la velocidad que podemos obtener para que un estudiante comprenda un determinado concepto o expresión. Sin embargo se nos presentan múltiples problemas a tener en cuenta. El más obvio y directo es la capacidad que pueda o no pueda tener un profesor para hablar inglés (o cualquier otro idioma). Que una persona sea especialista de un campo determinado (en este caso la enseñanza del español como segunda lengua) no implica el conocimiento de otras lenguas. A su vez, si estamos trabajando con un grupo de personas de diferentes nacionalidades y que tienen como lengua madre diferentes idiomas, tendremos problemas a la hora de la traducción directa en clase. Además, pueden surgir problemas de tipo no lingüísticos; por ejemplo podemos obtener como resultado que una persona sienta vergüenza y no participe activamente en la clase si piensa que es su error no conocer la lengua a la que traducimos el término o concepto. Esto sería un grave problema para el aprendizaje de este estudiante y, lo que es peor, sería nuestro error. Es por todos estos problemas que comentamos que para decidir usar la traducción directa en clase primero necesitamos hacer una análisis exhaustivo del grupo o de la persona a la que vamos a formar, para determinar no sólo si es posible, sino si es beneficioso en general.

Como desventaja principal nos gustaría destacar la poca capacidad de retención (a la hora de aprender vocabulario especialmente) que se produce cuando simplemente explicamos un término con la traducción directa en una lengua. Recuerdo la metáfora que me propuso uno de mis estudiantes un día al llegar a clase. Decía que su cabeza era un colador (el objeto que usamos para separar el agua de la pasta cuando está cocinada) y las palabras se le escapaban porque no eran lo suficientemente grandes.

¿Cómo puedo hacer las palabras más grandes? —me preguntó.

Mi respuesta (que obviamente no sería la solución a todos sus problemas con el vocabulario) fue que tenía que intentar relacionar estos términos con frases de ejemplo (en español, por supuesto) y que sería mejor si estas frases de ejemplo hablaban sobre su propia vida o sus propias experiencias. Así, podría hacer más grandes las palabras y que no se cayeran de su cabeza poco a poco. Cuando sólo asociamos un concepto a una palabra en otro idioma, la capacidad de retención y de acordarnos de este término es, por lo general, menor.

Desde el punto de vista del estudiante también hay peligros; no sólo en la parte de la retención del concepto sino en la pérdida de información, de matices o de sentido que puede tener el concepto o la palabra. Más aún si tenemos la (falsa) creencia de que el inglés es un idioma que todo el mundo puede hablar y comprender perfectamente y que el estudiante tiene el inglés como su lengua materna. Cuando la traducción salta más de un idioma es cuando las pérdidas de significado y matices de un concepto pueden ser terribles para el aprendizaje del estudiante.

Por todas estas razones creemos que la traducción directa en clase (por parte del docente y del estudiante) conlleva peligros que quizás no sean necesarios asumir. Especialmente cuando en la realidad social en la que vivimos tenemos cientos de herramientas tecnológicas que nos pueden ayudar a transmitir un determinado significado de una palabra. Podemos concluir diciendo que no es algo que usemos a menudo en clase, aunque en determinados casos y habiendo analizado antes a los estudiantes a los que nos enfrentamos, podemos usarla como herramienta cuando estemos seguros que no va a afectar de ninguna manera al aprendizaje del estudiante.

Todo por ahora, nos leemos pronto.

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